Cualquiera que visite Singapur por primera vez suele escuchar, tarde o temprano, la misma advertencia entre risas: cuidado con el chicle. Desde 1992, la venta de goma de mascar está prohibida por ley en todo el país, una de las medidas regulatorias más famosas —y más citadas en listas de "leyes extrañas del mundo"— asociadas a esta pequeña ciudad-estado del sudeste asiático. Lo que muchos no saben es que la prohibición no nació de un capricho autoritario aleatorio, sino como respuesta directa, casi quirúrgica, a un problema muy real y muy costoso que Singapur enfrentaba en ese momento.

Durante la década de 1980, Singapur invirtió enormes recursos en la construcción de su sistema de metro, el Mass Rapid Transit (MRT), concebido como una pieza central de infraestructura moderna para una ciudad que crecía rápidamente y que necesitaba resolver la movilidad urbana con eficiencia extrema. Poco después de su inauguración, sin embargo, empezó a surgir un problema inesperado: vándalos y usuarios descuidados comenzaron a pegar chicles usados en los sensores de las puertas automáticas de los vagones y estaciones, provocando fallos mecánicos, retrasos en el servicio y costos de mantenimiento y limpieza significativamente altos para las autoridades del transporte público.

Este incidente específico se convirtió en el detonante final de una política que ya venía gestándose desde antes, motivada por una preocupación más amplia del gobierno singapurense sobre la limpieza urbana en general. Chicles pegados en aceras, pasamanos, asientos de autobús y buzones de correo generaban un problema estético y de mantenimiento que las autoridades consideraban incompatible con la visión que Singapur quería proyectar de sí misma: una ciudad impecablemente limpia, ordenada y funcional, en marcado contraste deliberado con la imagen de muchas otras megaciudades asiáticas de la época.

El detonante final de la ley fue un chicle pegado en los sensores de las puertas del metro de Singapur, que provocó retrasos costosos y repetidos en todo el sistema.

Esta decisión encaja dentro de una filosofía de gobierno mucho más amplia que caracteriza a Singapur desde su independencia en 1965, bajo el liderazgo de su primer ministro Lee Kuan Yew: la convicción de que un estado pequeño, sin recursos naturales significativos, debía compensar esa desventaja con disciplina social extrema, infraestructura impecable y regulaciones estrictas capaces de generar confianza internacional para atraer inversión extranjera y talento global. Singapur es conocido, en ese sentido, por una amplia variedad de multas y regulaciones estrictas sobre comportamiento público —desde no tirar basura en la calle hasta no escupir o fumar en espacios no autorizados—, todas enmarcadas dentro de esta misma filosofía de orden público como pilar del desarrollo económico.

La prohibición del chicle, contrario a lo que muchos asumen desde fuera, no es absoluta: desde el año 2000, y de forma más flexible desde un acuerdo comercial firmado con Estados Unidos en 2004, Singapur permite la venta de chicles con fines terapéuticos o dentales específicos, como los que ayudan a dejar de fumar o los recomendados para la salud bucal, pero exclusivamente a través de farmacias, requiriendo en muchos casos registro del comprador y, en ocasiones, receta médica. Masticar chicle en sí mismo, curiosamente, nunca fue ilegal en Singapur: lo que está prohibido es su venta comercial no autorizada, aunque en la práctica esta distinción resulta poco relevante para la mayoría de los residentes y visitantes.

Contrario también a otro mito popular ampliamente repetido, no existe ninguna ley específica que multe directamente a alguien por el simple hecho de masticar chicle importado desde el extranjero para consumo personal; lo que sí genera multas cuantiosas, potencialmente de varios miles de dólares singapurenses, es tirar el chicle en la vía pública, escupirlo en el suelo, o intentar venderlo o distribuirlo comercialmente sin la autorización correspondiente, faltas que se enmarcan dentro de la legislación mucho más amplia de Singapur contra el vandalismo y la contaminación de espacios públicos.

Al final, la famosa "prohibición del chicle" de Singapur resulta ser mucho menos una anécdota curiosa aislada y mucho más un ejemplo perfecto de cómo funciona el modelo de gobernanza del país: identificar un problema concreto de infraestructura y limpieza, actuar con rapidez y contundencia regulatoria, y sostener esa política durante décadas como parte de una identidad nacional construida deliberadamente alrededor del orden, la eficiencia y el control meticuloso del espacio público, incluso al precio de convertirse, en el proceso, en uno de los chistes más repetidos del mundo sobre leyes extranjeras curiosas.