Durante generaciones, si le preguntabas a alguien en Seúl cuántos años tenía, la respuesta dependía de qué sistema estuviera usando en ese momento, y muchas veces ni siquiera lo pensaba conscientemente: simplemente sabía cuál aplicaba según el contexto. Esa persona podía tener, legal e internacionalmente, treinta años, pero socialmente decir que tenía treinta y uno o incluso treinta y dos, sin que nadie se sorprendiera. No era un error ni una broma: era el resultado de que Corea del Sur mantuvo, hasta hace muy poco, hasta tres formas distintas de contar la edad conviviendo al mismo tiempo.
El sistema más llamativo, conocido popularmente como "edad coreana", parte de una idea muy distinta a la occidental: el tiempo que un bebé pasa en el vientre materno ya cuenta como su primer año de vida. Así, un recién nacido llega al mundo con un año de edad, no con cero. A eso se suma otro giro: en lugar de cumplir años en la fecha exacta de nacimiento, todo el país sumaba un año colectivamente cada 1 de enero. Eso significaba que un bebé nacido el 31 de diciembre podía "cumplir dos años" al día siguiente, con apenas 24 horas de vida real fuera del vientre.
Este sistema hunde sus raíces en la cosmología del este asiático, donde tradicionalmente se consideraba que la concepción, y no el nacimiento, marcaba el verdadero inicio de la existencia de una persona. Contar desde la concepción no era una rareza aislada de Corea: variantes similares existieron en China, Japón y Vietnam, aunque la mayoría de esos países fueron abandonando gradualmente el sistema a lo largo del siglo XX en favor del calendario internacional. Corea del Sur, en cambio, lo mantuvo vivo en el uso cotidiano mucho más tiempo, como parte de una identidad cultural que muchos coreanos defendían con cariño, incluso sabiendo que complicaba trámites, seguros médicos y contratos legales.
Durante décadas, un bebé coreano nacía con un año de edad ya cumplido: el tiempo en el vientre contaba como el primero.
Porque, en la práctica, convivir con múltiples sistemas generaba confusión real: la edad "internacional" (la occidental, contada desde el nacimiento y con cumpleaños individual) se usaba para pasaportes y documentos legales; la edad "coreana" tradicional dominaba las conversaciones sociales, el trato entre personas y hasta el respeto jerárquico —crucial en una cultura donde la edad determina cómo te diriges a alguien—; y existía incluso una tercera variante, la "edad del año calendario", que contaba desde el nacimiento pero sumaba el año nuevo en enero sin el año extra del embarazo. Un mismo ciudadano podía, legítimamente, dar tres respuestas distintas a la misma pregunta.
Esta complejidad no era solo una curiosidad simpática para turistas: generaba problemas administrativos serios, desde disputas legales sobre la edad mínima para trabajar o consumir alcohol, hasta confusiones en seguros y beneficios sociales calculados según distintos sistemas según la institución. Con el paso de los años, cada vez más ciudadanos y legisladores empezaron a pedir una unificación que simplificara la vida diaria sin necesariamente borrar el peso cultural del sistema tradicional en las relaciones interpersonales.
La respuesta llegó en junio de 2023, cuando el gobierno surcoreano aprobó una ley para estandarizar oficialmente el uso de la edad internacional en todos los documentos legales, médicos y administrativos del país. De la noche a la mañana, millones de personas "perdieron" uno o dos años de golpe en sus papeles oficiales, algo que generó tanto alivio práctico como cierta nostalgia cultural. El cambio no eliminó por completo el uso social e informal de la edad coreana tradicional —muchas familias y generaciones mayores la siguen usando en conversación cotidiana—, pero sí puso fin a décadas de ambigüedad legal.
Lo que queda de esta historia es una lección fascinante sobre cómo algo tan aparentemente objetivo como "la edad" es, en realidad, una convención cultural más, sujeta a cómo cada sociedad decide marcar el inicio de una vida: con el nacimiento, con la concepción, o con el simple paso colectivo del calendario. Corea del Sur, durante generaciones, eligió honrar los nueve meses invisibles antes de nacer como parte legítima de la existencia de una persona, y solo la necesidad práctica de un mundo cada vez más globalizado terminó por simplificar, aunque no borrar del todo, esa manera única de contar el tiempo.